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La fiesta del Corpus Christi no levanta cabeza en Málaga. El esfuerzo de algunos por buscar soluciones para recuperar su importancia no se ve secundado por el Obispado, donde parece que impera el conformismo. Que se haga lo justo. Se ha avanzado algo, es cierto. La carroza tiene mayor prestancia, la que requiere su misión de llevar al Santísimo. Poco a poco, y gracias al trabajo de la Escuela Taller Antonio Ramos y de sus profesores, el otrora destartalado templete adquiere dignidad.
El esfuerzo de los cofrades por montar los altares, nueve este año, es encomiable. Pierden horas de sueño y de su ocio para realzar el recorrido de la que debe ser la principal procesión de la Iglesia. Ahí estuvieron los altares de Humildad y Paciencia, de la Encarnación o del grupo de la Virgen del Sol, por poner algunos ejemplos. Sin olvidar el espectacular montaje de la cofradía de la Sagrada Cena, que ofreció todo un ejemplo de generosidad con todos los creyentes ¿Y qué reciben? Pues un concurso para elegir el mejor altar, que no se celebró pese a estar convocado por el propio Obispado y sobre el que más de uno tendrá que hacer examen de conciencia.
Existen reticencia por adoptar mejoras en la procesión del Corpus. Son muchos, la mayoría cofrades, los que se vuelcan con su organización y se encuentran con negativas o largas. El resultado es que la carroza con el Santísimo se tuvo que parar en la calle Calderería porque se enganchó con un cable del sistema de megafonía instalado en parte del recorrido. La imagen no fue lamentable. Llegó a ser ridícula, que es peor: la cúpula de la carroza enganchada con el cable y los fallidos intentos por levantar el cable con un bastón de la junta de gobierno de los Santos Patronos, aprovechando la forma de V de las dos palmas cruzadas del escudo. Al final se cortó el cable y el altavoz ofreció un agradecido silencio al público.
No todo es negativo. Hay cosas positivas sobre las que empezar a reconstruir esta celebración. Una petalada en la calle Molina Lario, tras la salida, desde los balcones del Obispado. La participación de muchos malagueños, tanto en la procesión como entre el público. La digna presencia de los seminaristas con un alba o de muchos sacerdotes. El obispo de Málaga, Jesús Catalá, acompañado del querido Antonio Dorado Soto, tras la carroza, que estuvieron a la altura de las circunstancias. Además, el cortejo contó con una siempre nutrida presencia de las cofradías malagueñas, muchas con un grupo de hermanos con velas, pero todas con una gran dignidad y conscientes de la importancia de la procesión.
Abría el cortejo la Banda de Bomberos, a la que apenas le dejaron tocar, con las cofradías de gloria, pasión y las sacramentales ordenadas en la primera parte de la procesión. Las parroquias malagueñas formaban el segundo cuerpo del cortejo, aunque con una extraña mezcla en la que apenas se diferenciaban los arciprestazgos o los grupos cristianos presentes. La Adoración Nocturna mantenía su sitio en la marabunta de personas de esta parte de la procesión, con grupos de mujeres intentando entonar algún canto. La Banda Municipal de Música cerraba esta sección, interpretando de vez en cuando alguna marcha. Los Seises y los niños que habían hecho la Primera Comunión aportaban la necesaria savia nueva, precediendo a los seminaristas y a los sacerdotes.
La ampliación del recorrido funcionó bien, aunque sigue siendo corto ante una procesión que caminaba con un ritmo muy vivo. Esperaremos un año más para ver si llega el cambio que todos los años se pide y se promete. Mientras tanto, habrá que mirar a Toledo, Granada o Valencia para aprender.

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